El mal también va al spa

El mal también va al spa

Me regalaron un día de spa. Estoy salivando chorros de agua en el ciático desde que tengo el voucher. Hace mucho tiempo que no tengo un rato para mí, de mimo a la mujer que soy, así que cuando llegó el día me armé una mochi como si me fuera de camping, portando la sonrisa que tendría el primer día que dormí en una carpa lejos de mis mapadres.

Un rato de calma, sola, leyendo sin interrupciones (¡leyendo!) y en el agua. Lo escribo y vuelvo a salivar.

Cuestión que llego al lugar y me reciben con una bata y una media sonrisa. Me avisan que puedo usar el hidromasaje, el sauna y la ducha escocesa. También que el sauna en realidad está roto. Tomo la bata y enfilo al vestuario. Frio polar. Me pongo rápido el bikini, llevé el que encontré. No me lo ponía desde el embarazo. Maldita dicroica que me ilumina desde arriba y no me colabora con mis atributos. Me estaba congelando así que con medias aún me pongo la bata. No tenía el lazo para cerrarla. Encaro la salida con la maya, piel de gallina y bata abierta. Por suerte me acordé de sacarme las medias.

Escucho conversaciones en el hidromasaje, así que voy para la ducha escocesa. En otro momento hubiese socializado, pero ese día quería estar en silencio. A los 15 minutos de ver caer agua me doy cuenta que se olvidaron de decirme que no había agua caliente. Ya casi violeta y un poco desilusionada me invito a tomar la opción que me queda: el hidromasaje. Escucho mujeres conversar como si estuvieran una en cada vereda, tal vez el vapor ensordece, pienso. Lo que nunca imaginé fue el escenario que encontré cuando llegué ahí.

Reflectores, luces, paraguas de fotógrafos (supongo tendrán un nombre específico) y personas, muchas personas.

Distingo claramente dos modelos en el agua, una fotógrafa retratándola y una mujer dirigiendo la batuta. Me convierto en estatua. Me ven y me preguntan si voy a entrar. No, estoy yendo a una maratón tengo ganas de decirles, pero hago que si con la cabeza. Ah, bueno, me dice la fotógrafa, ponete por acá (y con el dedo me puntea el corner del hidro– donde NO LLEGABAN LOS CHORROS DE AGUA!) en un intento por hacerse la copada pero claramente molesta por mi presencia. Yo acato y me quedo en ese rincón. Tranquila que ahí no salís, me aclara mientras me apretujo en el rincón. Me sonríen, yo no se si llorar o echarme a reír.

Por suerte tenía mi libro y el agua estaba divina, así que me metí en la historia que tenía abandonada hacía meses. En un momento me doy cuenta que me miran. Se estaban preguntando si yo hablaba español (El libro que leía se titula “La soledad de los números primos”). Chicas jóvenes y delgadas: no quiero se su amiga de piscina, quiero que se vayan así puedo moverme y que el chorro de agua me masajee el rollo abdominal posparto. Me avisan que ya casi terminan. En ese momento entra un fotógrafo más, otra mujer que movía las toallas, las chicas de la recepción y un modelo hombre que queda en short de baño y me doy cuenta que está mucho mejor depilado que yo. Ah, y otra modelo que hacía que entraba al hidromasaje a jugar con sus amigas y su novio. Tenía que pasar por al lado mío. La fotógrafa se contorsionaba para sacarme de cuadro y yo enrollé las piernas lo más que pude. Prendían y apagaban las benditas dicroicas cada dos minutos a ver que luz les quedaba mejor. Dos sacaban fotos y alguien filmaba. Yo me vi en esa situación y me reí tanto que se me escapó una lágrima.

Ahora toma de los novios. Las otras dos modelos se fueron al sauna que no funcionaba. Hacía como 30 minutos que estábamos en la pool party y ya empezaba a notar el calor del agua en mi presión. Me mareo pero ni loca salgo del agua. Conquisté un rincón, pronto iré por los masajes me convenzo. Me imagino desmayada, flotando en el medio del hidro con todo el set alrededor y me asusto un poco así que saco los brazos del agua porque seguro eso me equilibra la temperatura (¿?).

Parece que van terminando. La modelo novia del chico depilado sale del agua y le ponen mi bata. Perdón, es mía, digo. ¡Pensé que eras muda! me dice la chica. En algún momento me pregunto si habrá alguna cámara oculta.
Hacen algunas tomas afuera y finalmente se van yendo. Nos saludamos amablemente y en ese momento se apagan los chorros de agua. Salgo del agua para prenderlos y me doy cuenta que no estaba mi bata (ahí tenía mi teléfono y las llaves del locker).

Cuando creí que todo había terminado, tuve que salir al pasillo en bikini, empapada e inflada como pop por el exceso de calor a pedir que por favor me devolvieran el pedazo de toalla que abrazaría la poca dignidad que me quedaba.

Cuando me la dan miro el teléfono, me quedaban 15 minutos para irme. Saco alguna foto del “spa” y vuelvo al vestuario. Me congelo de vuelta y después de 10 minutos de esperar que salga agua caliente, me doy cuenta que ahí tampoco había. Me seco y me pongo la ropa con la que llegué, sólo que ahora huelo a cloro. Me vuelvo a encontrar en el espejo, la dicroica hace que no pase desapercibida mi imagen. Me miro y me tiento. Suelto carcajada y lloro. De risa, de emoción, de ilusión, de desilusión… Dreno con libertad y me encuentro en mis ojos a través del espejo. Me gusta la mujer que soy.

Por Caro Ramat

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